Azcuénaga: un pueblo turístico que conserva su encanto e historia en San Andrés de Giles
07/10/09

Magia y encanto en solo dieciséis manzanas; una historia rica que pretende rescatarse del olvido a través del turismo: con su vieja estación; una hermosa plaza sin veredas coronada por una capilla centenaria; las fachadas de antiguas casonas y la amabilidad de sus apenas algo más de trescientos habitantes.

Dos veces al año la tranquilidad de Azcuénaga, un pequeño poblado rural ubicado a diez kilómetros de San Andrés de Giles y a cien de la ciudad de Buenos Aires, desaparece y da paso al bullicio y a la multitud; es que en abril se celebra el aniversario del pueblo y en octubre la Fiesta Patronal de la Virgen del Rosario. Solo en esas dos ocasiones la música de los pájaros y el poderoso ruido del silencio es suplantado por zambas y chacareras; guitarras y bombos; destrezas criollas y unas tres mil personas que se concentran a lo largo de tres cuadras, en el predio de la estación del ferrocarril, que fue la primera de San Andrés de Giles- aun conserva el galpón de cereales construido en 1885-, y que paradójicamente hoy ya no recuerda cuando fue la última vez que vio pasar un tren (que unía Luján con Pergamino) y la comunicaba en forma directa con su vecina Carlos Keen –otro poblado turístico bonaerense-. A un costado, debajo de un añoso monte de eucaliptus, mesas y sillas y una enorme carpa para disfrutar del almuerzo: seis chanchos asados con pelo (típico en la zona) de unos ciento veinte kilos cada uno, una vaquillona, chorizos y empanadas fritas. Hacia el frente, sobre la calle un palco en el cual los artistas hacen sus interpretaciones. En un campito lindero, los gauchos muestran su destreza y una feria artesanal completa la oferta, desde cuchillería y artículos de campo, hasta adornos y productos comestibles. Sobre la fachada de la deteriorada fonda del ferrocarril se exhibe la muestra fotográfica del Grupo Fotoescape, Postales de mi pueblo: Muestra del Taller Fotográfico “Ojos de campo”.

Azcuénaga, junto a Villa Ruiz (Partido de San Andrés de Giles) y Carlos Keen (Luján), fueron las primeras localidades en ser declaradas Pueblos Turísticos por la Secretaría de Turismo provincial, quien brinda su apoyo a través de capacitación, cartelería, forestación y promoción de los pequeños poblados de menos de 2.000 habitantes para desarrollarlos turísticamente.

En la calle “principal”, costeando la vía, frente a la estación (un edificio de dos plantas con techo piramidal de tejas), inaugurada el 1º de abril de 1880 con la llegada del primer tren con máquina a vapor, encontramos el Club Recreativo Apolo, todo un símbolo del pueblo, lugar de reunión de parroquianos, luce en sus vitrinas numerosos trofeos, un salón con piso de madera, otro para unas trescientas personas donde antiguamente se hacía la fiesta Patronal “hasta que la sacamos a la calle y fue un éxito” –dice el Arq. José Yanes, encargado del área de Turismo y batallador en la promoción de los Pueblos Rurales del Partido de Giles-. Los ladrillos sin revoque contrastan con dos obras que el delegado municipal, Jorge Busca (hacedor de unos fiambres caseros impresionantes), muestra con orgullo y no es para menos: una cancha de bochas con piso sintético y una piscina de 25 metros de largo, increíble para un pueblo de solo 357 habitantes con una escuela –la Ricardo Gutiérrez- que solo alberga a 50 alumnos.

Frente al club, cruzando la calle, en la otra esquina está la única panadería; otro edificio centenario y con historia de panaderos; aunque el actual, Jorge Adami, la alquiló hace unos tres años sigue conservando la línea de productos que el histórico panadero realizaba: galletas trinchadas, criollas, tortas fritas y un buen hojaldre para facturas. “Con cuarenta kilos diarios alcanza para abastecer a todo el pueblo, en las fiestas hacemos unos 200”-confiesa Adami, quien aun conserva la antigua técnica de cocción con su horno a leña, en un pequeña “cuadra de elaboración” contigua al despacho de pan.

La nota gastronómica la dan además del buffet del club, dos restaurantes “La Casona de Toto” (que ofrece fiambres caseros, empanadas, ravioles, asado y lechón con postres caseros) en la que se puede comer al aire libre y La Porteña (que nació como casa de té) y que hoy sirve comidas en un pequeño salón: fiambres caseros y pastas y buena repostería para la tarde. La Casona brinda shows de tango y folklore y en su interior se pueden ver diversos objetos antiguos, entre ellos un farol ferroviario; en La Porteña se destaca su juego de vajilla inglesa, sin uso durante más de un siglo, que perteneció a una bisabuela de la familia y que ahora disfrutan sus comensales. En ambos lugares es conveniente llegar con reserva previa.

El historiador de Azcuénaga, el Dr. Héctor Terrén, conoce en detalle cada rinconcito del pueblo, con sus fechas y habitantes. Parado en el centro de la plaza, señala el techo del campanario de la iglesia y comenta que fue recién restaurado, pues un rayo rompió uno de sus lados. Mira detenidamente y repite una frase que se transforma en una pregunta que todos nos hacemos: “como habrán hecho para hacer esta obra en 1902”. Es que la capilla “Nuestra Señora del Rosario”, cuya obra finalizó en 1907, es imponente en su construcción y calidad; se destaca desde la distancia su figura arquitectónica. Es centro de reunión de sus pobladores y vecinos para iniciar con misa su fiesta patronal que se realiza el primer domingo de octubre.

Terrén recuerda un dicho popular muy conocido en la zona desde hace décadas: “está como la iglesia de Azcuénaga, no tiene cura”, y ese dicho perdura porque pese al paso de los años la capilla sigue sin cura párroco y solo el tercer sábado de cada mes se puede escuchar misa en su interior, que es el día en que un sacerdote de San Andrés de Giles llega para oficiarla.

Su interior es una verdadera belleza, en el se encuentran dos reliquias donadas por la famila Ham: un batisterium donado por Guillermo y que data de 1912; y el altar que llegó a pedido de Elena Ham en 1907 desde Zaragoza, que parece de mármol labrado pero solo al tocarlo podemos apreciar que es de madera; aun pese al paso del tiempo se mantiene intacto y conserva sus tonos dejando a las claras una perfecta ilusión óptica. En su parte trasera puede leerse aún en una madera el nombre de “Srta. E.Ham-Azcuénaga”en una escritura manuscrita con la que llegó la encomienda. Cuenta con las imágenes del Sagrado Corazón (la capilla iba a llevar este nombre en un primer momento), la Virgen del Rosario y San José. Sobre el altar, una gran cúpula abovedada recientemente restaurada… “tan lisa e imponente como invitando a algún artista plástico a realizar un gran mural”… -agrega Terrén sumando magia y convocando a continuar la historia.

El historiador, descendiente de una familia que durante años tuvo la almacén de ramos generales del lugar, comenta que para el centenario intentaron encontrar la piedra fundamental de la capilla, donde se supone hay enterrados libros, recortes de diarios, monedas y escrituras de la época; pero al no dejar con precisión el lugar fue imposible su hallazgo.

“Azcuénaga fue una de las tantas comunidades rurales bonaerenses que nacieron junto al ferrocarril y con el surgimiento de su estación ferroviaria. En ella se conjugan el contacto con la naturaleza, la tranquilidad y la historia. A unos ocho kilómetros de esta localidad se encuentra la histórica Hacienda o Posta de Figueroa, que data del siglo XVIII. Un lugar que fue visitado por Juan Manuel de Rosas, Facundo Quiroga, Estanislao López, el Manco Paz y tantos otros”-comenta.

El nombre de la estación, tomada después por el pueblo, evoca al Brigadier General Miguel de Azcuénaga (1754-1833), figura preclara de nuestra historia patria, y militar de destacada actuación. Hoy conviven la historia con la realidad, la fuerza de un pueblo que quiere mostrarse y crece... emprendimientos giran en torno al turismo y pequeñas industrias, como la de la miel y hasta una antigua fábrica de quesos “la Nueva Greca” –hoy propiedad de Miguel Campessi que elabora mozzarella de primera calidad con la leche de sus diez vacas.

El Dr. Terrén se para y señala una esquina hacia el extremo norte del pueblo hay una antigua casona con paredes rosadas y amplios ventanales con gruesas rejas de hierro forjado, que denotan la antigüedad de su construcción. “Allí, actualmente tiene su sede la Cooperativa Eléctrica local (Cetasa), que se ocupa de la distribución de energía eléctrica a un vasto sector urbano y rural. El edificio data de 1888 y fue mandado construir por el vasco francés Pedro Gaillardou, uno de los primeros pobladores del pueblo, y de profesión herrero. En los fondos de la casa, poseía un negocio de herrería y carpintería, donde se construían los carruajes de la época, tales como volantas, berlinas, carros y chatas; vehículos que servían para el traslado de personas o el acarreo de cereales, desde el campo hasta los galpones de la estación ferroviaria. Además, es uno de los antepasados del escritor costumbrista, poeta y periodista José Adolfo Gaillardou, conocido como Indio Apachaca y de su hijo, el reconocido actor Claudio Gaillardou”-comenta.

“En el patio de esa vieja casa se levanta, desde el final del siglo XIX, un molino de viento muy especial, cuya rueda fuera volada por algún vendaval. Lo sostiene una estructura de hierro que lo rodea, con características singulares que merecen destacarse, ya que lo hacen una pieza única en nuestro país, al decir de entendidos que lo han visitado. Puede decirse que se trata de una especie de pérgola rectangular, coronada con crestería de latón y una herrumbrada veleta con la figura de un pequeño gallo que marca el rumbo de los cuatro vientos”-agrega.

Paz y tranquiliadad, buena gastronomía, disfrutar de sus callecitas y plaza… sentarse a la sombra de un añoso árbol y sentir el silencio, ese que se interrumpe solo en las fiestas de abril y octubre, donde ni siquiera se respeta la siesta… el aroma a leña del horno de la panadería invita a unos mates con galleta… el pueblo está vivo y hoy mas que nunca, a pesar de los años y aunque el tren ya no pase.

Fotos: La Virgen del Rosario en procesión./ El Dr. Héctor Terrén (izquierda), Jorge Busca, delegado Municipal y el Arq. José Yanes./ La centenaria capilla y una muy cuidada plaza./ La vieja estación y el galpón de cereales./ El Club Recreativo Apolo./ El horno a leña de la panadería "La Moderna"./ Primer Mural Latinoamericano, de un lado las comunidades originarias y del otro los inmigrantes, realizado en adobe con técnicas ancentrales y horneado a leña, por el escultor ceramista, Carlos Gaspar Moreyra en 2004.

Por Daniel Baroni/ Turismo 530

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